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Título de la entrada: TRES DÍAS TRISTES
Autor: Santiago Solano
Fecha de la entrada: Lunes, 10 de Agosto de 2009
Lugar: BLOGGER

 



Capítulo 1º

     Elvira, el diez de noviembre de dos mil nueve, con sólo seis años, en el recreo, le puso la zancadilla a su maestra. La educadora depositó todo el peso de su enorme cuerpo sobre la mano diestra. Resultado, se rompió la muñeca. Cuando le preguntaron a la niña por qué había realizado tal maldad, ella dijo que la culpa no era suya:
     — Ha sido la mujer vestida de negro la que me ha obligado – dijo.
     El director del colegio se tomó muy en serio el asunto. Llamó a sus padres, les contó lo sucedido, y les informó que no le quedaba más remedio que poner a su hija en observación, y que si volvía a ocurrir algo parecido, no dudaría en llevarla ante el psiquiatra del internado.
      — ¿Hija por qué haces y dices esas cosas? No se debe mentir. Mentir es malo.
     — Mamá, no estoy mintiendo. Es ella. Me obliga. Dice que si no hago lo que me dice te hará a ti mucho daño.
     — Bueno, pues la próxima vez, dile que no; a ver qué ocurre, ¿vale?
     — Pero mamá, yo no quiero que te pase nada. Y ella es capaz de todo.
     — Venga Elvira. Ya eres una niña mayor. Sé buena.
     Elvira, el doce de noviembre de dos mil nueve, perdió a su madre, en un accidente de tráfico. Cuando recibió la noticia dio un grito desgarrador y salió corriendo hacia la luna del armario, como un toro enfurecido. La cabeza golpeó el espejo con tal fuerza que se rompió en infinidad de trozos. Fue una lluvia de cristal contra el suelo de madera. La sangre cubrió su cara de niña. Lloró toda una semana, incluso mientras comía. Luego se sentó en la cama, muy seria, y allí se quedó, mirando un punto indeterminado de la pared.
     — Elvira, ¿qué miras? – preguntaba el psiquiatra.
     — Miro el rostro de la mujer de negro – decía ella.
     — ¿Qué mujer? – inquiría el doctor.
     — Ésa, la que está ahí, de pie, pegada a la pared.
     — Pero ahí no hay nadie – afirmaba el médico.
     — Tú no la puedes ver, tú eres mortal, y los mortales no pueden ver la profundidad – decía la niña.
     — No entiendo, ¿qué profundidad?
     — Ella, La Eternidad; Ella, la Eterna Maldad, siempre está aquí, con nosotros.


10 comentarios

Emilio. 10 de agosto de 2009 06:36

     - Magnífico. De las cosas que se guardan en el archivo de grandes escritos, esos que hacen pensar y sentir. Gracias por esto. Es bueno... porque tiene alma, lenguaje, reflexión, y nos hace sentirnos a todos partícipes de la vida y su final, la rueda eterna del pensamiento. Es Literatura con mayúsculas.


Santiago Solano. 11 de agosto de 2009 00:46

     - Gracias Emilio, por estar ahí. Espero tu relato.


Antonio Castillo. 11 de agosto de 2009 11:14

     - El texto, como siempre, muy bueno, pero el tema a mi personalmente me incomoda un tanto, me parece muy dramático e inquietante. Tu propuesta de un texto de cuatrocientas y pico palabras para salvar a esta niña es una tarea titánica. No se, de momento no me encuentro con fuerzas, en fin, ya veremos un poco más adelante, queda mucho para noviembre. De todas formas, ¿no podía ser un poco más breve?, digamos cien palabras, yo creo que podía hacer algo por ella en ese espacio.


Manuel. 11 de agosto de 2009 17:46

     - Antonio dice que es inquietante. Emilio dice que es magnífico. Yo convivo desde hace ya más de un año con dos espíritus en mi casa. No es la primera vez, asi que nada de este relato me es ajeno ni es extraño. Posiblemente nunca escriba ese relato que propones y podría resultar enloquecedor. Pero me ha gustado leer el tuyo. Siempre me gusta encontrarme "entre familia". Agosto se adentra en su propia naturaleza y yo trato de sobrevivirle.


Santiago Solano. 12 de agosto de 2009 23:48

     - Estimado Antonio. Con 100 palabras no estaría mal; pero el reto es ese: 387 palabras para salvar a Elvirita. Hay una razón para la extensión. El texto de TRES DÍAS TRISTES tiene exactamente esas palabras. Y hay otras muchas que tú mismo te puedes imaginar para desmontar esa atmósfera dramática e inquietante. Gracias por estar ahí y por la última Entrada, en tu blog. Te pones muy serio, incluso me pones el D. delante del nombre. Como D. Quijote ves Gigantes donde no los hay. Es sólo amistad. Un saludo cordial.


Santiago Solano. 13 de agosto de 2009 00:22

     - Gracias Manuel por tus palabras. Sí, es curioso. Emilio, magnífico. Antonio, dramático e inquietante. Y tú, normal, de andar por casa. Pero sí que hay algo dramático e inquietante. Los dos coincidís en no ayudar a Elvirita. Antonio porque se siente sin fuerzas. Tú porque podría resultar enloquecedor. Os cuento un secreto de este relato. Para escribir yo utilizo mucho lo que ha dado en llamarse, y que ya he mencionado en otros sitios, el binomio fantástico. O sea que se toman dos palabras alejadas semánticamente entre sí y se intenta montar una historia con los contenidos a los que se refieren las dos palabras. Bien, pues para este relato, las dos palabras eran: locura/Eternidad. La locura es estar fuera de lo social... y la eternidad algo inalcanzable. Ambas cosas están presentes en todo ser humano. ¿Quién no se ha sentido alguna vez fuera del grupo en el que vive? ¿Quién no se ha planteado nunca metas próximas a la quimera? Hablamos de lo humano. ¡Joder!, que tonterías.


Nanny Ogg. 20 de agosto de 2009 12:55

     - He tenido noticias de tu proyecto gracias a un mail que Javier Ribas ha enviado a quienes participamos en Atmósferas. Enseguida me vine para acá para ver de qué se trataba, he leído tu relato y me ha encantado, y los dos temas que toca (locura y eternidad) suelo usarlos en bastantes de mis relatos. En resumidas cuentass, que quiero intentar salvar a Elvirita. No sé si lograré escribir algo, ya se sabe que la inspiración es caprichosa pero, como mínimo, quiero intentarlo. Veremos qué pasa :)


Margot. 20 de agosto de 2009 14:07

     - Me gusta. Me recuerda a la eterna lucha de la Humanidad por alcanzar el equilibrio... Lo cierto es que la cosa pinta muy díficil... veremos a ver que es lo que puedo aportar. Elvirita lo merece ;) A.O.


Mari Carmen. 31 de agosto de 2009 07:31

      — Tú no la puedes ver, tú eres mortal, y los mortales no pueden ver la profundidad – decía la niña.
      — No entiendo, ¿qué profundidad?
      — Ella, La Eternidad; Ella, la Eterna Maldad, siempre está aquí, con nosotros.

Tres tristes días.Santiago Solano

     Elvirita, todo es un mero juego de tu imaginación. Si yo no puedo ver la eterna maldad, esa que tu llamas Dama de Negro, tú, tampoco puedes verla. Tú eres tan mortal como yo.
     La cara de Elvirita, se transformó en una grotesca máscara, de la que salió una hiriente carcajada.
     -Ja, ja, ja...¿Estás seguro de distinguir los mortales de los inmortales?
     -No te entiendo. -Un escalofrío recorrió el cuerpo del psiquiatra, Ahora la niña llevaba las riendas de la situación.
     -¿Estás seguro de que soy mortal? ¿ no seré yo un juego, una ilusión, de tu mente enferma? ¿Acaso un espíritu, un fantasma de tu presente o de tu pasado?

Éste puede ser un anexo a una de tus frases.


¿Debemos salvar el cuerpo y el alma de Elvirita, o tan sólo su alma?


saqysay. 9 de septiembre de 2009 12:48

     - Excelente!, muchas veces los niños, son más sensibles que nosotros y ven con mayor fácilidad la maldad de los adultos. Pero como son inocentes, también los adultos se aprovechan de ello. Personalmente cuándo perdemos a un ser tan querido cómo nuestra madre, no encontramos consuelo alguno. Si adulto la lloramos con mucho dolor, imáginarse cómo debe sentirse un niño, que aún necesita de su protección... He llegado hasta aquí, por gentileza de NANNY, le doy gracias a ello, por su recomendación. Será paso obligado de mi parte... Saludos, Gracias por el excelente texto!!!

 

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